lunes, 21 de octubre de 2013

HOMOSEXUALIDAD +1

Cómo puede vivir la castidad un homosexual



Gerard J.M. van den Aardweg, holandés, Doctor en Psicología por la Universidad de Amsterdam, es especialista en terapia de la homosexualidad y cuenta con una amplia experiencia profesional en este campo. Actualmente ejerce la psicoterapia en Aerdenhout (Holanda). Ha impartido cursos en la Universidad de Brasil y publicado numerosas publicaciones científicas en Europa y Estados Unidos.

ENTREVISTA

-Doctor Aardweg. Uno de sus libros lleva por título Homosexualidad y Esperanza, ¿qué quiere indicar con el segundo término?

-Esperanza hace referencia a la actitud interior de quien se enfrenta con sentimientos homosexuales. Generalmente se sienten deprimidos, aunque lo oculten diciendo de boca para afuera: «yo me acepto tal como soy». Felices, de verdad, no lo son nunca.

Gay significa originaria- mente alegre, animado, pero ha perdido este significado desde que se usa para el estilo de vida homosexual. Ahora el valor de la palabra ha pasado a ser alegría afectada, artificial; limita casi con exhibicionismo. No hay más que mirar como ejemplo las Gay Parades, o los Juegos Olímpicos de 1999 en Amsterdam para ellos. Mientras que para los medios de comunicación son un acontecimiento lúdico, a los ojos del público son una especie de exhibicionismo infantil que da pena. La alegría del gay es parecida en parte a la del alcohólico.

SEXUALIDAD NEURÓTICA

El diseñador de alta costura alemán Wolfgang Joop, homosexual, afirmaba en tono cínico en una entrevista a la revista Der Spiegel: «Esto es un estilo de vida que crea adicción y, a la vez, una especie de frigidez. Como no estás satisfecho aumentas la dosis y, en consecuencia, se multiplican las frustraciones».

Quien se identifica con su presunta naturaleza homosexual puede sentir un cierto alivio, pero de hecho se encadena a su sexualidad neurótica. Por eso, el camino contrario, la búsqueda de la verdad sobre sí mismo sin dejarse arrastrar por un derrotismo de «yo soy así», es un camino de esperanza.

La idea resulta más clara si consideramos que los deseos homosexuales radican en depresiones que vienen de la juventud: "sentimientos de soledad, complejo de inferioridad acerca de la identidad sexual, sentimientos de autodramatización. Todo lo contrario la esperanza".

Hay que disipar toda la nube de fatalismo que en vuelve a la homosexualidad: de si está en los genes o de si es una variante más de la sexualidad, o de si no puede cambiarse. Son slogans de propaganda. El convencimiento de que no pesa sobre alguien un determinismo hereditario ofrece perspectivas de esperanza.

SOBRE EL ORIGEN

-Entonces, la homosexualidad no es hereditaria.

-No. Incluso la idea de que haya factores hereditarios que simplemente predispongan a la inclinación homosexual es puramente especulativa.

-¿Hay situaciones familiares o hábitos educativos que favorecen la tendencia homosexual?

-Por supuesto. En los chicos, la conocida relación con una madre superprotectora, dominante; o con un padre psicológicamente distante, o demasiado crítico, o poco viril, o que le desatiende en favor de su hermanos.

Para que la hija o el hijo se identifiquen con su propio sexo también puede ser contraproducente que el padre o la madre no se sientan a gusto en su condición masculina o femenina. O bien que los padres traten a la hija como si fuera un chico, o viceversa, de modo que sean o se sientan desaprobados o no deseados como lo que en realidad son.

La familia es importante, pero a menudo lo son todavía más los contactos con compañeros del mismo sexo. La mayoría de los homosexuales dicen haberse sentido excluidos en su niñez o juventud por sus compañeros, a la hora de jugar o de realizar actividades. Al menos, así lo sienten: es un complejo de marginación, de no haber sido aceptados.

TRASTORNO PSICOLÓGICO

-La Asociación Americana de Psiquiatría excluyó en 1973 la homofilia de la lista de trastornos y pasó a llamarla condición. ¿Cuáles fueron las consecuencias de tal medida?

-Exactamente las que pretendían quienes impusieron ese cambio en la APA. Eran un grupo de homosexuales militantes. El cambio se produjo incluso en contra de la opinión de los psiquiatras. Una votación que se realizó inmediatamente después demostró que el 70% de los profesionales seguían considerando la homosexualidad como un trastorno. Pero la campaña y las intimidaciones hicieron capitular al Consejo de dirección. Fue una decisión antidemocrática y anticientífica.

A partir de entonces las universidades no se atreven a pensar de otro modo y las terapias son un tabú. Lo que la psiquiatría americana pensaba era entonces norma en el mundo, y en la actualidad casi lo mismo.

Desde aquel momento la homosexualidad se ha politizado. Hoy día, los gobiernos promueven su inclusión en las clases de instrucción sexual en los colegios. La epidemia del Sida podría haberse paliado en gran parte en Occidente, si se hubiese seguido considerando la promiscuidad entre homosexuales como algo patológico.

FELICIDAD FALSEADA

-¿Es cierto que la felicidad de una pareja homosexual es igual que la de un hombre y una mujer?

-Un mexicano me contó que en una telenovela de su país aparecen parejas heterosexuales con problemas, infieles y separados. En medio de tal caos, hay una especie de oasis: una pareja de homosexuales cariñosos, a quien todo el mundo viene a pedir consejo.

La realidad es exactamente la contraria. Las parejas de homosexuales se rompen con mucha frecuencia. Una investigación alemana señala que el 60% de esas relaciones duran un año, y sólo el 7% superan los cinco años. Esto también lo reconocen los defensores de la emancipación de la homosexualidad.

La imagen de la pareja de homosexuales feliz, como espejo del matrimonio, es una mentira con fines propagandísticos. Sus relaciones y contactos son neuróticos. Entre ellos no son excepción la infidelidad, los celos, la soledad y las depresiones.

Para hacerse una idea mejor, más que extraerla de los medios, sirven las autobiografías de homosexuales y las novelas escritas por ellos, donde se ve que su vida es lo más lejano a una situación idílica.

INICIATIVAS DE AYUDA

-Existen lobbys homosexuales. ¿Hay acaso también grupos que se unan para ayudarse a vivir honestamente o para superarla?

-Existen pequeños grupos de homosexuales cristianos que se ayudan a no practicar su homosexualidad. Sobre todo en América hay experiencias muy esperanzadoras.

Para católicos, el Padre John Harvey fundó la asociación Courage. No buscan la terapia, sino vivir conforme a la doctrina de la Iglesia. Vale la pena seguir esta iniciativa, que tiene veinte años de experiencia. Como la homosexualidad es un problema a la vez psíquico y moral, cualquier apoyo espiritual significa mejora en la condición básica de toda homosexualidad.

VIVIR LA CASTIDAD

-¿Cómo puede vivir la castidad un homosexual?

-Para empezar tiene que desearla, tiene que convencerse de que la castidad es un ideal posible y ventajoso. Por desgracia, a nadie se le facilita este punto de mira hoy en día. Se hace propaganda de lo impuro. En las escuelas se entrena a todos para la impureza; apenas se plantea el ideal de la castidad.

Los homosexuales y lesbianas con motivaciones religiosas son, sobre todo, quienes quieren vivir la castidad. ¿Cómo? Evitando los contactos, los lugares de encuentro. Luchando contra la masturbación, no cediendo a las fantasías sexuales, venciendo la curiosidad en internet o en las publicaciones pornográficas. Buscando ayuda y, en el tiempo libre, fomentando actividades sanas y buenas compañías.

PAPEL DEL SACERDOTE

-¿Qué puede significar la ayuda de un sacerdote para un homosexual?

-Los sacerdotes pueden hacer más de lo que a menudo piensan. Por ejemplo: explicar el ideal de la castidad, frente al egocéntrico y deprimente efecto de la impureza. También, hablar de la castidad como condición para una emotividad madura y un amor verdadero, frente a la impureza como costumbre infantilizante, que encierra en el egoísmo y bloquea el crecimiento interior.

El sacerdote puede apoyar con su comprensión, animando al afectado y manteniendo un contacto constante. Las costumbres sexuales muy arraigadas son como la dependencia del alcohol.

El adicto al sexo -tanto homosexual como heterosexual- suele mimar el placer, aunque quiera dejarlo, y la lamentación sobre su caso es mayor que el esfuerzo por salir de la situación. Por eso, es muy necesario acercarle a Dios, para que reflexione sobre lo que espera de él y su situación. Hay que ayudarle a escuchar su conciencia, sus sentimientos más puros y profundos, y que sean éstos la directriz para sus propias decisiones.

FIGURA DE PADRE

-Antes ha mencionado las inadecuadas conductas de los padres como favorecedoras de la homosexualidad del hijo. ¿Puede un sacerdote hacer de padre suyo para ayudarle a corregir esa inclinación?

-No sólo puede, sino que quisiera destacar la importancia de que los homosexuales vean al sacerdote como padre.

En términos psicológicos, padre significa protección, apoyo, valoración, interés; pero también fortaleza, dirección, atreverse a corregir, exigir. Los homosexuales, tanto mujeres como hombres, necesitan una figura de padre, de la que a menudo carecieron en su juventud. No un padre para seguir siendo niño dependiente, sino un padre que les ayude a seguir su camino, a mantener la lucha.

Otro problema de esta gente es su soledad interior y social. Necesitan una figura paterna para perseverar en una lucha nada fácil. Hay que animarles a ser abiertos, a salir de su yo, a no buscar interés y atención sólo para si mismos.

APRENDER A AMAR

-¿Puede decirse entonces que lo que verdaderamente necesitan es aprender a amar?

-Efectivamente. Muchos neuróticos, tanto homo como heterosexuales son muy egocéntricos. En una ocasión, un homosexual casado, con tendencias suicidas, llegó a la conclusión de que no quería a nadie, ni siquiera a sus hijos. Empezó a interesarse por pequeños asuntos cotidianos y a mostrarlo a su mujer y a sus hijos con detalles concretos. Al cabo de unos meses comenzó a sentirse menos depresivo y a notar que sus fantasías sexuales eran menos fuertes, aunque su esfuerzo no se dirigía directamente a ello.

También en este aspecto puede el sacerdote hacer mucho por los homosexuales, ayudándoles en el crecimiento de las virtudes: amor e interés por los demás; sinceridad frente al autoengaño, que suele ser muy fuerte en las obsesiones sexuales; fortaleza y valentía para superar la flojera y la cobardía. Es muy aconsejable hacerle también reflexionar sobre su propia misión en la vida. Hay que lograr que el deseo de una vida limpia salga de lo más profundo de la persona.

Sources:

-Homosexualidad y Esperanza, de Gerard J.M. van den Aardweg. Eunsa, Pamplona 1997
-The Battle for Normality, de Gerard J.M. van den Aardweg. Ignatius Press, San Francisco 1997
Courage, Central Office, NYCourage@aol.com

Fuente: Conoze.com

INQUISICIÓN +1

Imagen modificada por el autor de este blog


Cada cierto tiempo, con una frecuencia aproximada de un año, alguien que sabe mi adhesión a la Iglesia católica me restriega por la cara el tema de la Inquisición. Y no se lo reprocho. Es algo que debe salir a la luz. Ayer fue ese día. Y como católico, hijo de la Iglesia católica, no puedo hacer más que lo que hizo el Papa Juan Pablo II. Reconocer que fue una barbaridad y pedir perdón histórico:

Señor, Dios de todos los hombres, en algunas épocas de la historia los cristianos a veces han transigido con métodos de intolerancia y no han seguido el gran mandamiento del amor, desfigurando así el rostro de la Iglesia, tu Esposa. Ten misericordia de tus hijos pecadores y acepta nuestro propósito de buscar y promover la verdad en la dulzura de la caridad, conscientes de que la verdad sólo se impone con la fuerza de la verdad misma.

Esta fue la oración con la que Juan Pablo II hizo pública profesión de perdón por la actuación histórica de la Inquisición. Y yo, me adhiero, resaltando algunas palabras de la oración que acabo de transcribir: Somos los cristianos —hijos pecadores de la Iglesia y necesitados de misericordia—, Papas, obispos, sacerdotes o meros seglares, los que, usando métodos poco evangélicos, hemos desfigurado el rostro de la Iglesia, la Esposa de Cristo.

Ahora bien, después de adherido, quiero poner las cosas en su debido sitio. Que la Iglesia pida perdón por el comportamiento de algunos de sus hijos en algunas épocas de la historia, no quiere decir que deba cargar con más culpas de las que le corresponden. En este espíritu, ahí van algunas reflexiones.

Cuando se habla de las ejecuciones de la Inquisición hay que distinguir dos áreas completamente diferentes. Las brujas y los herejes.

Empecemos por las primeras. En la Europa de los siglos XIV al XVIII, una mujer con un comportamiento algo extraño, que chocase a sus paisanos, era inmediatamente tachada de bruja. A partir de ese momento, no había desgracia que ocurriese en el pueblo, que no se le imputase a ella. La cosa solía acabar en linchamiento. No hay manera de saber cuantas pobres mujeres acabaron su vida así. Pero si hablamos de condenas por brujería llevadas a cabo por tribunales sí hay estimaciones. Se cree que en todo el mundo, desde Rusia hasta América, desde Escandinavia hasta España, desde 1325, fecha en que un tribunal condenó a muerte por primera vez a una bruja en Irlanda, hasta 1782 en Suiza, última condena a una bruja, se mataron unas 60.000 brujas. En estas condenas entran tribunales eclesiásticos, católicos y protestantes, civiles reales o locales, etc. Pues bien, de estas muertes, «sólo» unas 7500 lo fueron por la Inquisición. También hay que reseñar que en algún momento entre 1605 y 1621, que fue el periodo del pontificado de Paulo V, este Papa prohibió la pena de muerte para las brujas. Es decir, la Iglesia católica suspendió esta barbarie más de 160 años antes de la última ejecución «legal» de una bruja en el mundo. Por otro lado, la inmensa mayoría de los juicios a brujas llevados a cabo por la Inquisición acababan en absolución y, con toda seguridad, una persona que era acusada de brujería por el vulgo, juzgada por la Inquisición y declarada inocente, se salvaba del linchamiento porque, a partir de ese momento estaba protegida por el tribunal que la había absuelto. Se puede afirmar, sin lugar a dudas, que la Inquisición salvo muchas más vidas de supuestas brujas que aquellas a las que condenó. La cifra de 60.000 brujas ejecutadas en ese tiempo es estimativa. No así la de las juzgadas y ejecutadas por la Inquisición, puesto que todos y cada uno de sus procesos están debidamente documentados, cosa que no ocurría con el resto de los tribunales. De lo que no cabe duda es de la burda y malintencionada mentira de un estúpido y tendencioso «best seller» que dice que la Inquisición quemó a seis millones de brujas. Sin embargo, hay que decir que, en una época como aquella en la que la superstición era moneda corriente, se daban algunos casos de auténticos asesinatos rituales —como sigue ocurriendo hoy en día. Con altísima probabilidad, los casos de condena de la Inquisición respondían, en la inmensa mayoría de los casos, a éstos.

No obstante, sigo diciendo lo que dije al antes; el número de casos debió ser CERO y por eso la Iglesia ha pedido el perdón del que hablé al principio.

Si hablamos del caso de herejes, las cifras son muchísimo más bajas, aunque también mucho más injustas, puesto que hablamos de condenar y matar a alguien por sus ideas y creencias. Sin embargo, todo hereje se podía salvar de la muerte abjurando de sus ideas. Cierto que esto es una afrenta a la dignidad, pero en cualquier caso no es lo mismo que matar. Sin la menor duda, la Inquisición vino a hacer que las condenas por herejía, que existían antes que ella, fuesen menores, al ofrecer muchas más garantías procesales que cualquier otro tribunal. Desde luego que esto no elimina la responsabilidad de la Iglesia y, por eso, otra vez, la petición de perdón.

Es verdad que el método de ejecutar las penas, la hoguera, era brutal. Pero conviene recordar que era un método civil, previo a que existiese la Inquisición. En el año 1220, doce antes de que se fundara la Inquisición en 1232, Federico II Hoffestaufen, emperador de Alemania, poco amigo del Papa, excomulgado por él, hizo extensiva a los herejes la muerte en la hoguera que era un método de ejecución civil corriente. Sabemos, por ejemplo, que el Dante, tras ser expulsado de Florencia por las rivalidades políticas entre las facciones de los «bianchi» y los «neri», fue condenado a morir en la hoguera si volvía a su ciudad natal. También hay que decir que en casi todos los casos de la Inquisición se mataba a los condenados en la picota, antes de prender la hoguera, evitándoles el horrible sufrimiento.

Había muchos tipos de cuestiones, además de la brujería y la herejía, por los que una persona podía ser juzgada por la Inquisición o por otro tribunal. La seguridad jurídica y procesal que ofrecían los tribunales de la Inquisición eran mucho mayores que los de cualquier otro. Por eso cualquiera que pudiese elegir ser juzgada por un tribunal de la Inquisición o por otro, prefería serlo por el primero.

Debo hablar aquí de la tortura. La tortura era, en esas épocas, un medio procesal tan corriente como brutal. Pero, una vez más y sin que esto sirva de excusa, porque su uso debió ser CERO, la Inquisición la utilizaba de manera menos frecuente que cualquier otro tribunal. Era el único que distinguía entre «territio realis» y «territio verbalis». Al acusado se le mostraban primero los instrumentos de tortura —que también habían sido «diseñados» por los poderes civiles— y se le daba un tiempo para reflexionar. Esto era la «territio verbalis». Sólo después de un tiempo, si el reo persistía, se le aplicaba la «territio realis» que era la aplicación real de la tortura. Ningún otro tribunal daba esta oportunidad y, en cualquier caso, para llegar a la «territio verbalis» la Inquisición era mucho más escrupulosa que cualquier tribunal para aplicar la «realis». Repito, y lo haré hasta la saciedad, que esto no es, de ningún modo una excusa. La tortura debería haber sido un método procesal totalmente prohibido por la Iglesia. Por eso, una vez más, la petición de perdón. Pero estimo imprescindible evitar el error de óptica histórica de juzgar una época con los raseros de otra.

En otro orden de cosas, no deja de sorprenderme que los que atacan a la Iglesia por la Inquisición no tengan ojos para ver a la Iglesia desde otra perspectiva. Durante siglos, la Iglesia ha sido la educación pública, la sanidad pública y la prestación social pública a los desvalidos. Aún hoy, si uno busca en un mapamundi —o en una ciudad opulenta— quién está al lado de aquellos con los que nadie quisiera pasar una hora, verá que los que están allí son, en su inmensa mayoría, católicos. Y que dicen estar allí por Cristo y que es la Iglesia católica la que les da a Cristo y, con Él, la fuerza para estar allí. No un año ni dos, sino toda la vida. Así que me parece que —nobleza obliga— también los aquejados por esta extraña ceguera selectiva deberían pedir perdón a la Iglesia por ella.
Fuente: Conoze.com

miércoles, 16 de octubre de 2013

DEBEMOS CONOCER EL AMOR DE CRISTO

Imagen modificada por el autor de este blog


Pienso que aquel gran deseo de nuestro Señor de que su sagrado Corazón sea honrado con un culto especial tiende a que se renueven en nuestras almas los efectos de la redención. El sagrado Corazón, en efecto, es una fuente inagotable, que no desea otra cosa que derramarse en el corazón de los humildes, para que estén libres y dispuestos a gastar la propia vida según su beneplácito.

De este divino Corazón manan sin cesar tres arroyos: el primero es el de la misericordia para con los pecadores, sobre los cuales vierte el espíritu de contrición y de penitencia; el segundo es el de la caridad, en provecho de todos los aquejados por cualquier necesidad y, principalmente, de los que aspiran a la perfección, para que encuentren la ayuda necesaria para superar sus dificultades; del tercer arroyo manan el amor y la luz para sus amigos ya perfectos, a los que quiere unir consigo para comunicarles su sabiduría y sus preceptos, a fin de que ellos a su vez, cada cual a su manera, se entreguen totalmente a promover su gloria.

Este Corazón divino es un abismo de todos los bienes, en el que todos los pobres necesitan sumergir sus indigencias: es un abismo de gozo, en el que hay que sumergir todas nuestras tristezas, es un abismo de humildad contra nuestra ineptitud, es un abismo de misericordia para los desdichados y es un abismo de amor, en el que debe ser sumergida toda nuestra indigencia.

Conviene, pues, que os unáis al Corazón de nuestro señor Jesucristo en el comienzo de la conversión, para alcanzar la disponibilidad necesaria y, al fin de la misma, para que la llevéis a término. ¿No aprovecháis en la oración? Bastará con que ofrezcáis a Dios las plegarias que el Salvador profiere en lugar nuestro en el sacramento altar, ofreciendo su fervor en reparación de vuestra tibieza; y, cuando os dispongáis a hacer alguna cosa, orad así: «Dios mío, hago o sufro tal cosa en el Corazón de Hijo y según sus santos designios, y os lo ofrezco en reparación de todo lo malo o imperfecto que hay en mis obras». Y así en todas las circunstancias de la vida. Y, siempre que os suceda algo penoso, aflictivo, injurioso, decíos a vosotros mismos: «Acepta lo que te manda el sagrado Corazón de Jesucristo para unirte a sí».

Por encima de todo, conservad la paz del corazón, que es el mayor tesoro. Para conservarla, nada ayuda tanto como el renunciar a la propia voluntad y poner la voluntad del Corazón divino en lugar de la nuestra, de manera que sea ella la que haga en lugar nuestro todo lo que contribuye a su gloria, y nosotros, llenos de gozo, nos sometamos a él y confiemos en él totalmente.

Fuente: De las cartas de santa Margarita María de Alacoque, virgen

ACORDÉMONOS DEL AMOR DE CRISTO

Imagen modificada por el autor de este blog


Con tan buen amigo presente –nuestro Señor Jesucristo–, con tan buen capitán, que se puso en lo primero en el padecer, todo se puede sufrir. Él ayuda y da esfuerzo, nunca falta, es amigo verdadero. Y veo yo claro, y he visto después, que para contentar a Dios y que nos haga grandes mercedes quiere que sea por manos de esta Humanidad sacratísima, en quien dijo su Majestad se deleita.

Muy muchas veces lo he visto por experiencia; hámelo dicho el Señor. He visto claro que por esta puerta hemos de entrar, si queremos nos muestre la soberana Majestad grandes secretos. Así que no queramos otro camino, aunque estemos en la cumbre de contemplación; por aquí vamos seguros. Este Señor nuestro es por quien nos vienen todos los bienes. Él lo enseñará; mirando su vida, es el mejor dechado.

¿Qué más queremos que un tan buen amigo al lado, que no nos dejará en los trabajos y tribulaciones, como hacen los del mundo? Bienaventurado quien de verdad le amare y siempre le trajere cabe de sí. Miremos al glorioso san Pablo, que no parece se le caía de la boca siempre Jesús, como quien le tenía bien en el corazón. Yo he mirado con cuidado, después que esto he entendido, de algunos santos, grandes contemplativos, y no iban por otro camino: san Francisco, san Antonio de Padua, san Bernardo, santa Catalina de Siena.

Con libertad se ha de andar en este camino, puestos en las manos de Dios; si su Majestad nos quisiere subir a ser de los de su cámara y secreto, ir de buena gana.

Siempre que se piense de Cristo, nos acordemos del amor con que nos hizo tantas mercedes y cuán grande nos le mostró Dios en darnos tal prenda del que nos tiene: que amor saca amor. Procuremos ir mirando esto siempre y despertándonos para amar, porque, si una vez nos hace el Señor merced que se nos imprima en el corazón de este amor, sernos ha todo fácil, y obraremos muy en breve y muy sin trabajo.

Fuente: Del Libro de su vida, de santa Teresa de Jesús. Cap. 22, 6-7.12.14

CONVERSOS DEL SIGLO XX

Imagen por: RexC.Curry/Modificada por el autor de este blog



Panorámica general antes del Concilio Vaticano II

Sin ningún ánimo de exhaustividad, vamos a hacer un repaso de algunos conversos que han tenido mayor impacto cultural. Nos limitaremos al área occidental. Sin olvidar nunca que la Iglesia está muy viva y crece en otras áreas geográficas, como Corea, el África subsahariana, la India, China o Taiwan. Donde también son frecuentes las conversiones, incluidas conversiones de intelectuales.

Nuestro objetivo es trazar una panorámica, que nos permita identificar un poco las dimensiones de este fenómeno. Vamos a agrupar a los conversos por áreas lingüísticas. Se trata de un criterio algo arbitrario, pero nos permitirá ordenarlos según una cierta homogeneidad cultural. Son individualidades que no siempre es posible conectar entre sí, como si formaran una red o una secuencia. Lo más característico de una conversión es lo que tiene de relación personal con Dios, cosa que difícilmente se somete a clasificaciones. En todo caso, dividiremos la exposición en dos periodos: la «primera mitad» de siglo (que hacemos llegar hasta la preparación del Concilio Vaticano II; y la «segunda mitad», a partir de los años sesenta.

1) La veta francesa

La primera mitad de siglo significa en Francia un gran crecimiento de la presencia cristiana. Aunque esto no quiere decir que sea un crecimiento general, o que se hayan resuelto las dificultades culturales arrastradas desde la Revolución francesa y la instauración de un régimen republicano de fuerte sesgo laicista. El siglo XIX fue un siglo de renovación cristiana y de muchas fundaciones, después del tremendo trauma de la Revolución. Entre muchos otros, llama la atención la actividad de un converso, el P. Lacordaire, refundador de los dominicos en Francia, después de que esta orden de tanto arraigo hubiera sido suprimida por la Revolución. Al inicio del siglo XX, tenemos una pléyade de grandes dominicos intelectuales. Y, en otro grado, lo mismo sucede en otras órdenes y congregaciones. Como muestra del vigor intelectual de la época, tan llena de personalidades, ha quedado un notable conjunto de obras enciclopédicas cristianas, además de una infinidad de revistas.

En ese clima de vigor intelectual y espiritual, se producen algunas conversiones de enorme y permanente impacto. Basta pensar en los poetas Charles Péguy o Paul Claudel; y en los pensadores como el matrimonio Maritain (Jacques y Raissa) y Gabriel Marcel. Es difícil exagerar la importancia que tienen estos cinco personajes dentro de la cultura católica francesa de la primera mitad de siglo. Tanto por su actividad como escritores, como por sus contactos con muchas otras personas a las que ayudan en el camino de la fe.

Pero también hay más poetas, novelistas y dramaturgos (Max Jacob, Leon Bloy, Charles du Bos, Jean Cocteau, Huysmans, Julien Green); científicos (Alexis Carrel, Pierre Lecomte du Noüy); y militares (Charles de Foucault). Es de notar la del teólogo Louis Bouyer (Du protestantisme à l Église), después sacerdote oratoriano, experto en muchos temas de liturgia y diálogo interconfesional. Más adelante, la conversión de Lustiger, que sería cardenal arzobispo de París y procedía del judaísmo.

El clima de origen de casi todos los conversos franceses es el republicanismo radical típicamente francés, más o menos teñido de socialismo, según los casos. Son hijos tardíos de la ilustración laicista y anticlerical, que domina la mentalidad y las estructuras del Estado, y, de manera especial, la educación oficial, en los liceos y en las universidades. Como testimonio de toda esta época de conversiones, quedan los volúmenes de Convertis du 20 siècle, que editó Casterman, en los años cincuenta. Eran cuadernillos con las narraciones de las conversiones de mayor interés, muchas de ellas francesas, aunque no se limita al ámbito francés.

2) La veta anglosajona

Los cincuenta primeros años del siglo XX son muy importantes para la historia de la Iglesia católica en Inglaterra. Está dando sus primeros pasos desde el cisma provocado por Enrique VIII. A lo largo del siglo XIX el Estado ha suprimido progresivamente las leyes discriminatorias que existían contra los católicos. Se ha establecido la jerarquía católica y están creciendo todas sus instituciones con notable vigor. Por contraste, el anglicanismo padece una crisis doctrinal y espiritual que le lleva hacia posturas cada vez más liberales y, como ellos dicen, latitudinarias, ampliando constantemente los límites para no perder adeptos. Se puede decir que el proceso ha seguido hasta nuestros días, originando un flujo constante de recepciones en la Iglesia católica entre los elementos más preocupados por la identidad cristiana o con mayor amor por la tradición.

En este contexto, tiene una gran importancia, en el siglo XIX, el «movimiento de Oxford». Fue un intento, nacido en el seno de la Universidad de Oxford, para recuperar la identidad espiritual de la Iglesia anglicana. Supone un renacimiento en el terreno de los estudios doctrinales, de la práctica litúrgica y sacramental y de la devoción cristiana. Pero no consigue vencer los obstáculos interiores: por eso, una parte importante de sus miembros pasarán a la Iglesia Católica (Newman), mientras otros permanecen anglicanos (Keble), reforzando su corriente anglocatólica hasta el final del siglo XX. Todo esto será bellamente contado por el historiador Charles Dawson, él mismo converso. Dejará una huella muy honda en la tradición anglocatólica.

Evidentemente, la figura más relevante es el cardenal Newman, quien, al ser obligado a justificar su conversión escribe, probablemente, el relato más famoso que existe sobre una conversión, después de Las confesiones de San Agustín (Apología pro vita sua).

A su vez, Newman influye mucho en otros dos grandes conversos que nos han dejado también espléndidos relatos de sus itinerarios espirituales: G, K, Chesterton (Ortodoxia, Autobiografía), ensayista y columnista, lleno de simpatía y vitalidad. Y C. S. Lewis (Cautivado por la alegría), inteligente ensayista y profesor de literatura en Oxford y Cambridge (después de haber perdido su fe protestante en la infancia, se incorporó a la Iglesia anglicana). Son conversiones, preciosamente narradas, verdaderas obras maestras de la literatura. Se han convertido, ellas mismas, en camino de conversión, con un permanente impacto dentro del mundo anglosajón.

Además, hay notables incorporaciones al catolicismo entre clérigos anglicanos intelectuales (Hugh Benson, Ronald Knox, que llegarán a ser capellanes de Cambridge y Oxford), filósofos (Elisabeth Ascombe y Peter Geach), novelistas (Evelyn Waugh, Graham Greene, Muriel Spark) poetas (Gerard Manley Hopkins, Edith Sitwell); incluso notables actores (Sir Alec Guinnes). De muchas de ellas nos quedan interesantes testimonios. Todo este ambiente está maravillosamente narrado por Joseph Pearce, Escritores conversos. La inspiración espiritual en una época de incredulidad. En 1925 pasó del anglicanismo al catolicismo Frederic Copleston (1902-1994), mientras estudiaba en Oxford: después, jesuita y autor de una monumental historia de la filosofía. También fue importante el acercamiento de Thomas S. Eliot a la Iglesia anglicana, en su versión anglocatólica.

Este movimiento tiene un amplio impacto al otro lado del Atlántico, donde los tres autores (Newman, Chesterton, Lewis) marcan el itinerario de muchos conversos al catolicismo, hasta nuestros días. El mundo americano merecería por sí solo un estudio, teniendo en cuenta su honda tradición de revivals religiosos. El catolicismo ha tenido una presencia creciente y los testimonios de conversos son muy numerosos; algunos muy famosos. Especialmente, Thomas Merton, (1915-1968), de origen cuáquero, se convirtió en 1938, después de muchos viajes y el encuentro con El espíritu de la filosofía medieval, de Gilson. Se haría trapense. Lo cuenta en La montaña de los siete círculos. También se convirtió en 1927, la activista Dorothy Day (1897-1980), alma del Catholic Worker Movement. Lo contó en su novela de fondo autobiográfico The Eleventh Virgin. Menos famosa en su día, pero significativa, la conversión de Avery Dulles, hijo de un Secretario de Estado norteamericano, de origen presbiteriano no practicante. Sería jesuita y famoso teólogo, hecho cardenal por Juan Pablo II. Contó su itinerario en unas primeras memorias (A testimonial to Grace). También se convirtió en 1937, Marshall Mc Luhan que llegaría a ser un famoso ensayista.

3) La veta germánica

Tras la primera guerra mundial, se produce en Alemania (y Austria) una convulsión política y cultural, que produce un fuerte efecto espiritual. Hay una crisis de identidad y de sentido que mueve todas las preguntas. Esto produce también un aluvión de conversiones. Las más importantes proceden del luteranismo, muchas veces con una tradición ilustrada laicista (kantiana y ghoetiana), y desde el judaísmo, generalmente no confesante.

Merece la pena recordar a dos grandes profesores de Sagrada Escritura luteranos, Erik Peterson y Heinrich Schlier que se integraron en la Iglesia católica. También cabe recordar a pensadores como Peter Wust, que recupera la fe, y a Theodor Haecker, que, impresionado por la figura de Newman (y de Kierkegaard) se incorpora a la Iglesia desde el luteranismo. Pero el grupo más interesante, desde el punto de vista intelectual, es el que rodeó a Husserl en Gotinga: los primeros discípulos de la fenomenología, el Círculo de Gotinga.

La fenomenología propiciaba una gran apertura a las cosas y obligaba a poner cuidado en evitar los prejuicios. Esto hizo que entre los fenomenólogos de la primera hora se diera algo así como un esfuerzo de sinceridad, una apertura ante los misterios de la realidad, que los hizo abiertos y respetuosos ante las realidades del espíritu. De este modo, pudieron escuchar las distintas voces del mensaje cristiano. Muchos de ellos, procedentes de un judaísmo apenas practicante, se convirtieron sinceramente al cristianismo luterano (Von Reinach) o católico (E. Stein, Von Hildebrand; y Max Scheler que, después de varias oscilaciones, acabaría fuera de la Iglesia). Son particularmente importantes el testimonio de Edith Stein, en sus escritos biográficos; y el de Von Hildebrand, cuyas memorias todavía no se han publicado (pero existe una agradable biografía escrita por su esposa Alice). Edith Stein, después carmelita exterminada en un campo nazi de concentración, sería canonizada por Juan Pablo II y se convertiría en patrona de Europa. Hildebrand llegaría a ser un gran pensador de filosofía y ética en los Estados Unidos (Fordham) y dejaría una gran huella intelectual. Intervino en otras conversiones, por ejemplo de Hellmut Laun (Cómo encontré a Dios).

En el ámbito de la literatura alemana, merece la pena recordar a Gertrud von Le fort (antes luterana); y al novelista Alfred Döblin (antes judío); también a Franz Werfel, checo, de cultura alemana, que estaría siempre a las puertas del bautismo. Después, el dominio nazi y la Segunda Guerra mundial producirán una amarga crisis en la conciencia alemana, con un alto grado de problematización, que afecta también a los intelectuales cristianos (Heinrich Böll). Y se agudizará, mezclándose con problemas doctrinales (y también con el «complejo antirromano»), produciendo una situación difícil. Con todo, después de una dilatada vida narrada en sus diarios, al final del siglo, hay que notar la conversión del casi centenario Ernst Jünger, premio Nobel de Literatura.

4) La veta hispánica

En España o, más en general, en el ámbito de habla española, no tenemos muchos grandes relatos de conversión. En parte, porque el clima general es católico y las conversiones pueden suscitar menos impacto. En parte también porque se realizan de una manera progresiva. En nuestro ámbito escasean las grandes conversiones intelectuales, aunque sean frecuentes las conversiones de intelectuales. Ha sido frecuente, por ejemplo, el caso de pensadores laicistas, bautizados en su infancia, que, por la influencia de una esposa practicante, con la edad, se reconcilian con la Iglesia.

Aparte del caso singular de Donoso Cortés en el XIX, en la primera mitad del siglo veinte, encontramos otros casos notables. Quizá el más interesante, desde el punto de vista intelectual, es el de Manuel García Morente, amigo y colaborador de Ortega, Decano de la renovada facultad de filosofía de la Universidad Central de Madrid. Gran intelectual que deja un estupendo relato de su conversión (El hecho extraordinario), que podría ponerse dentro del grupo de los grandes relatos, junto a los de Chesterton o Lewis.

También se puede destacar el caso de la novelista Carmen Laforet, autora de una famosa novela premiada (Nada), que refleja el vacío existencial y de una segunda novela, de menos éxito, pero donde se reflejan aspectos de su conversión (La mujer nueva). Y el de la poetisa Ernestina de Champourcin, conversa durante su exilio en México, después de la Guerra Civil. Además, en el ambiente de la guerra civil, se puede añadir la conversión de Ramiro de Maeztu. Posteriormente, los libros-entrevistas de José Mª Gironella, 100 españoles y Dios; y Nuevos 100 españoles y Dios, permiten reconocer otros rastros e impactos varios. Hay muchas historias interiores, pero, quizá, el pudor español a mostrar la interioridad y también la politización de la posguerra, han hecho que no abunden o no sean conocidos.

5) La veta eslava

En Rusia, un cierto sector de la Intelligentsia, muy desengañado de las ofertas de la ideología comunista, redescubrió sus raíces cristianas (y ortodoxas). Rebroto en ellos el carisma del viejo cristianismo del pueblo ruso. Tenemos el precedente, en el XIX, de la conversión moral de Dostoievsky (y en parte, también, de Soloviev). Dostoievsky sufrió una honda transformación espiritual mientras estaba deportado en Siberia, en lo que él interpretó como un profundo encuentro con las honduras del alma rusa.

Un proceso paralelo se observa en la conversión de Alexander Solzhenitsyn, premio Nobel de Literatura y desvelador del Archipiélago Gulaj. Su itinerario personal está jalonado de encuentros con cristianos en los campos de concentración soviéticos. Allí muchos recuperaron la fe. Muchos testimonios de fe, vivida en los campos de concentración, y en otras circunstancias de martirio, han sido recogidas por Andrea Ricardi, Ils sont morts pour leur foi. La persécution des chrétiens au XX siècle (Plon/Mame, Paris 2002), a petición de Juan Pablo II.

También hay que notar los testimonios de Tatiana Goricheva, que narra su propia conversión y refleja un ambiente de recuperación de lo cristiano entre algunas minorías intelectuales, antes de la caída del muro de Berlín.

6) Otras vetas

Hay más por supuesto, que los que hemos visto. Podríamos incluir, por ejemplo, a la historiadora holandesa Cornelia J. de Vogel. A la novelista sueca y premio Nobel, Sigrid Undset. En Italia, es notable el caso de Israel Zolli (Zoller), rabino de la Sinagoga de Roma, que se hizo católico tras la segunda guerra mundial y dejó un gran relato. Y del escritor Giovanni Papini. En Canadá, el psiquiatra K. Stern, también de origen judío, dejó un estupendo testimonio, además de una honda influencia intelectual.

Constituye un testimonio del todo singular, el de la conversión del doctor Paul (Takashi) Nagaï, médico japonés de cultura sintoísta, pero ateo convencido. Removido por su experiencia clínica, se removió su materialismo y acabó encontrando la fe católica. Era profesor de medicina en Nagasaki cuando calló la bomba atómica y se convirtió en un héroe de la ciudad por su trabajo humanitario y social, y sus publicaciones, que ayudaron a la reconstrucción moral de la posguerra. Cuenta hermosamente sus recuerdos en Les cloches de Nagasaki (Las campanas de Nagasaki).
Fuente: Conoze.com