sábado, 28 de junio de 2014

SELECCIÓN COLOMBIA +2




Brasil 2014 ha tenido un promedio de gol de 2,83 y eso es gracias a la gran efectividad de los delanteros, quienes viven del gol y han estado recontra finos en el campeonato. James Rodríguez le marcó un doblete a Uruguay y se convirtió en el goleador absoluto de la Copa del Mundo. Pero Lionel Messi, Neymar y Müller lo siguen.


James Rodríguez (COL) 5
Neymar (BRA) 4
Lionel Messi (ARG) 4
Thomas Müller (DEU) 4
Robin Van Persie (NED) 3
Arjen Robben (NED) 
Karim Benzema (FRA) 3
Clint Dempsey (USA) 2
Jackson Martínez (COL) 2
Ahmed Musa (NIG) 2
Xherdan Shaqiri (SUI) 2

Fuente: Depor.pe

SELECCIÓN COLOMBIA +1



Mi selección mereció un espacio en mi blog, es que Dios le enseña a uno a amar más a la patria y con esos méritos deportivos de los últimos años, es inevitable...

DIOS BENDIGA A COLOMBIA, VENGA LO QUE VENGA, 
DIOS Y PATRIA.

Quién no recuerda esa fatídica jugada en la que René Higuita, jugando como arquero líbero, recibe el balón de Luis Carlos Perea, intenta driblar a un contrario pero pierde el esférico y éste termina incrustado en la red. Ese dilapidario gol marcó la eliminación del Mundial de Italia 90 de una Selección Colombia que llegaba por primera vez a una fase de Octavos de Final de una Copa Mundo.


El 23 de junio de 1990 fue ese inolvidable día en que Colombia perdió ante una Camerún que en la previa parecía no tener los pergaminos suficientes de vencer a los dirigidos por ‘Pacho’ Maturana, que alcanzaban su primera ronda de eliminación directa en un Mundial tras clasificarse de una manera muy apretada gracias al gol de Freddy Rincón ante Alemania. En el estadio San Paolo de Nápoles los colombianos intentaron conseguir su paso histórico ante los africanos, los nacionales intentaron anotar varias veces pero el arco siempre se les cerró y así el partido se fue sin goles a la prórroga. En el tiempo extra los cameruneses abrieron el marcador gracias al veterano Roger Milla, los cafeteros intentaron empatar con rapidez y justo cuando Colombia estaba mejor ocurrió lo peor, la fatídica jugada del excelente portero de la Selección que cometió quizá uno de los errores más recordados de toda la historia de los Mundiales. Los nacionales lograron descontar faltando pocos minutos para el final del partido, pero no fue suficiente y así se cerró la participación en Italia 90.

Hoy, 24 años después de aquel partido ante Camerún, la Tricolor venció a Uruguay por los octavos de final y se medirá ante Brasil por los cuartos de final el próximo Viernes 4 de Julio a las 3pm (Hora Colombiana).

Fuente: Goal.com

viernes, 13 de junio de 2014

MÁS ALLÁ +1

Imagen modificada por el autor de este blog


Primer tipo de muerte: Sin preparación próxima ni remota, o sea, ausencia total de preparación. Es la muerte de los grandes impíos, de los grandes incrédulos, de los grandes enemigos de la Iglesia; la muerte de los que no se han contentado con ser malos, sino que además han sido apóstoles del mal, han sembrado semillas de pecado, han procurado arrastrar a la condenación al mayor número posible de almas.

Estos no han tenido preparación remota: Han vivido siempre en pecado mortal. Y, por una consecuencia lógica y casi inevitable, suelen morir también sin preparación próxima, obstinados en su maldad. Porque, por lo general, señores, salvo raras excepciones, la muerte no es más que un eco de la vida. Tal como es la vida, así suele ser la muerte. Si el árbol está francamente inclinado hacia la derecha, o francamente inclinado hacia la izquierda, lo corriente y normal es que, al caer tronchado por el hacha, caiga, naturalmente, del lado a que está inclinado. Esta es la muerte sin preparación próxima ni remota. La de los grandes impíos, la de los grandes herejes, la de los grandes enemigos de la Iglesia.

Esta fue la muerte de Voltaire, el de las grandes carcajadas: “Ya estoy cansado de oír que a Cristo le bastaron doce hombres para fundar su Iglesia y conquistar el mundo. Voy a demostrar que basta uno solo para destruir la Iglesia de Cristo”.

¡Pobrecito! Él sí que quedó destruido.

Escuchad. Os voy a leer la declaración del médico Mr. Tronchin, protestante, que asistió en su última enfermedad al patriarca de los incrédulos. Va a decirnos él, personalmente, lo que vio: “Poco tiempo antes de su muerte, Mr. Voltaire, en medio de furiosas agitaciones, gritaba furibundamente: Estoy abandonado de Dios y de los hombres. Se mordía los dedos, y echando mano a su vaso de noche, se lo bebió. Hubiera querido yo que todos los que han sido seducidos por sus libros hubieran sido testigos de aquella muerte. No era posible presenciar semejante espectáculo”.

La Marquesa de la Villete, en cuya casa murió Voltaire y que presenció sus últimos momentos, escribe textualmente: “Nada más verdadero que cuanto Mr. Tronchin –el médico, cuya declaración acabo de leer– afirma sobre los últimos instantes de Voltaire. Lanzaba gritos desaforados, se revolvía, se le crispaban las manos, se laceraba con las uñas. Pocos minutos antes de expirar llamó al abate Gaultier. Varias veces quiso hicieran venir a un ministro de Jesucristo. Los amigos de Voltaire, que estaban en casa, se opusieron bajo el temor de que la presencia de un sacerdote que recibiera el postrer suspiro de su patriarca derrumbara la obra de su filosofía y disminuyera sus adeptos. Al acercarse el fatal momento, una redoblada desesperación se apoderó del moribundo. Gritaba que sentía una mano invisible que le arrastraba ante el tribunal de Dios. Invocaba con gritos espantosos a aquel Cristo que él había combatido durante toda su vida; maldecía a sus compañeros de impiedad; después, deprecaba o injuriaba al cielo una vez tras otra; finalmente, para calmar la ardiente sed que le devoraba, llevóse su vaso de noche a la boca. Lanzó un último grito y expiró entre la inmundicia y la sangre que le salía de la boca y de la nariz”.

Esta es la muerte sin preparación próxima ni remota. Y conste, señores, que yo no afirmo la condenación de Voltaire; yo no digo que esté en el infierno. La Iglesia no lo ha dicho jamás. No sabemos lo que pudo ocurrir un segundo antes de separarse el alma del cuerpo, cuando se había producido ya el fenómeno de la muerte aparente. Pero sabemos lo que pasó en los últimos momentos visibles de su vida, puesto que lo presenciaron los testigos que acabo de citar. Si está en el infierno o no, eso no lo podemos asegurar, puesto que la Iglesia no lo ha dicho jamás. Pero, ¡qué terrible manera de comparecer ante Dios: sin preparación próxima ni remota!

Fuente: Fr. Antonio Royo Marín, O.P.

domingo, 8 de junio de 2014

lunes, 2 de junio de 2014

COLEGIO CATÓLICO

Imagen modificada por el autor de este blog



Toda institución educativa tiene una finalidad y responde a una necesidad. La educación nunca es neutra. Detrás de los planteamientos pedagógicos de toda escuela, subyace una antropología, un ideal de persona, un modelo de sociedad y una cosmovisión. Los colegios, todos los colegios, tienen la misión de formar personas (darles forma) y educarlas; o sea, de conducir a los alumnos hacia una meta: desarrollar sus cualidades intelectuales, morales y físicas para encaminarlos hacia la felicidad.

¿Pero qué es eso de "la felicidad"? 

La escuela sin Dios

La respuesta no puede ser la misma en una escuela agnóstica o atea que en una escuela confesionalmente católica (o no debería serlo). Un colegio laicista tiene una visión inmanentista y materialista del hombre, de la sociedad y de la historia. Para un colegio sin Dios, el hombre no es más que el resultado del azar, de la concepción casual de un óvulo por un espermatozoide. Para un materialista, la realidad del hombre es consecuencia de la suerte (o mala suerte, según se mire): vivimos de casualidad.

Para un materialista ateo, es decir, para alguien que sólo cree lo que ve o lo que la ciencia puede demostrar empíricamente, la vida del hombre no tiene más sentido que la de una cucaracha: nacemos, crecemos, nos reproducimos para transmitir nuestra herencia genética a la generación posterior y contribuir así a la subsistencia de la especie humana y, finalmente, morimos y desaparecemos. Y como el sufrimiento nos acaban alcanzando y nos impiden ser felices y disfrutar de la vida, tenemos que tratar a toda costa de evitar el dolor y la angustia existencial. La vida no tiene más sentido que "disfrutar". El ideal del hedonistaconsiste en apurar al máximo los placeres de la existencia, dar rienda suelta a un vitalismo insaciable de placeres. Y cuando ya no haya nada que disfrutar porque la vejez o la enfermedad mermen nuestras facultades, lo mejor es morir para acabar con el sufrimiento. Una vida es digna solo si se puede gozar de sus placeres. El aborto y la eutanasia estarían plenamente justificados desde esta perspectiva materialista. De ahí viene ese deseo irracional por mantenerse indefinidamente jóvenes y saludables, el culto al cuerpo, la idealización idolátrica de la juventud como la mejor etapa de la vida del ser humano (o tal vez la única que merezca la pena ser vivida) y el terror a envejecer.

Esas ansias irrefrenables de disfrutar acaba conduciendo al nihilismo: nada vale la pena. Al final, la muerte y el sufrimiento acaban con nosotros; por lo tanto, abandonemos cualquier pretensión de felicidad. Sólo podemos aspirar a placeres momentáneos y pasajeros, porque nada dura, nada tiene consistencia. Las drogas, el alcohol o el sexo contribuyen a anestesiar el dolor de la propia existencia y a olvidarnos de la angustia.

¿Qué escuela puede surgir sobre este humus nihilista? La escuela laicista atea debe ser blandita. Hay que evitar que el niño sufra: que sean felices (que disfruten, que se sientan bien). El esfuerzo del estudio puede generar frustración y dolor. Y eso hay que evitarlo a toda costa. 

Debe ser una escuela utilitarista que forme buenos profesionales para que respondan a las demandas del mercado de trabajo (aunque finalmente sea una fábrica de parados); una escuela que eduque "en valores" y forme ciudadanos tolerantes, solidarios; ciudadanos que procuren su propio bienestar, muy liberales y relativistas (que cada uno viva como quiera y haga lo que le dé la gana, siempre que respete las leyes).

La escuela de la sociedad hedonista es una escuela cientificista: sólo existe la realidad física (lo que vemos y tocamos) y se niega cualquier posibilidad de metafísica; es decir, cualquier realidad que tenga que ver con el alma, con el espíritu, con algo que vaya más allá de la naturaleza sensible o que tenga que ver con Dios: es una escuela sin transcendencia. Y en caso deque se admita algo más allá de lo tangible, se aceptan y difunden las teorías las de la "Nueva Era" y se elucubra sobre energías, sobre el karma, sobre algo difuso e incomprensible que pasa por una meditación sin contenido que meditar y que al final se reduce a buscar la paz interior mediante prácticas como el yoga o el Tai Chi que en última instancia, sólo buscan que el individuo se "sienta bien" consigo mismo y combata el estrés o la ansiedad que le provoca su propia nada. Porque esta escuela es emotivista y sentimentaloide. Parece como si los sentimientos se hubieran apoderado del hombre, sometiendo a la razón y a la voluntad a sus dictados y a sus vaivenes.

Hablamos de una escuela que fomenta las herramientas instrumentales (idiomas e informática, fundamentalmente) y posterga la cultura humanista: la historia, la filosofía, el arte,los principios básicos de la teología cristiana, las lenguas y la cultura clásica o la literatura. Ofrecemos a los niños los mejores cubiertos y la vajilla de lujo, pero les negamos la comida que alimenta el entendimiento y el alma. Una persona puede ser perfectamente analfabeta con cinco idiomas. ¿Para qué sirve ser bilingüe si no tienes nada que decir, nada que aportar, nada que comunicar? ¿De qué te vale tener acceso a toda la información de la Red y a todos los medios de comunicación globales si no sabes distinguir lo bueno de lo malo, la verdad de la mentira; si no tienes nada que aportar ni criterio propio respecto a nada?

Nuestros jóvenes fracasan en comprensión lectora porque ya no se lee a Garcilaso, ni a Cervantes, ni a Fray Luis de León, ni a San Juan de la Cruz, ni a Cela, ni a Baroja, ni a Unamuno, ni a Delibes ni a nadie. Un alumno de bachillerato sale del instituto después de haber leído tres libros por curso, en el mejor de los casos. ¿Cómo van a entender los jóvenes el valor de la catedral de Burgos o el del Pórtico de la Gloria; o los cuadros del Museo de Prado, si no saben nada de religión, ni de filosofía, ni de Historia del Arte, ni de Historia de España; ni de mitología clásica ni de Historia Sagrada? Y con la excusa de que los clásicos son aburridos, les hemos cambiado a Quevedo por Blue Jeans; a Góngora, por J. K. Rowling; y a Lázaro de Tormes por los vampiros de la saga de Crepúsculo. Y los resultados están a la vista de todos. 

Eso sí: la educación afectivo sexual que reciben en las escuelas desde la más tierna infancia les incita a explorar su cuerpo, a buscar frenéticamente el placer, a experimentar y buscar su propia "identidad sexual", a considerar normal y positiva todo tipo de relación sexual, al margen de cualquier compromiso. Se trata de sentir y gozar, sin reprimirse en ningún caso, porque si te reprimes te sientes mal. Y como los sentimientos son pasajeros y fugaces, no cabe pensar en compromisos duraderos. Se fomenta así la promiscuidad y el narcisismo: el derecho al propio placer, como si uno fuera el ombligo del universo y sólo yo fuera lo importante. Al final, muchos jóvenes no encuentran otro horizonte que ponerse ciegos los fines de semana, buscar relaciones fugaces sin otro contenido que la búsqueda desesperada del propio placer y luego, la nada. Algunos son bilingües y la mayoría se pasa la vida delante de la pantalla de un ordenador, twitteando chorradas o colgando fotos en Facebook con posturitas insinuantes. En la "cultura del selfy", los jóvenes buscan la alegría y la felicidad en el culto a la apariencia; en la nada condensada en ciento cuarenta caracteres y una foto sexy con morritos. Salir, beber y agobiarse por el aburrimiento, hasta que salga el último cacharro tecnológico y por fin pueda ser feliz, si puedo comprarlo. 

De una escuela laicista (sin Dios o tantas veces contra Dios) obtenemos resultados contrastables: una formación mediocre (los datos son los datos) y unos chicos orientados mayoritariamente (mal orientados o desorientados) hacia el individualismo relativista; algunos hacia el marxismo leninismo - más o menos teñido de ecologismo verde -; y unos pocos más violentos,hacia el nihilismo ácrata antisistema. De la escuela sin Dios salen personas que no creen en nada porque no hay nada en que creer, porque no hay ninguna verdad que aprender; chicos sin rumbo porque no hay ningún camino que conduzca a ninguna parte.

La escuela católica

Lamentablemente, los resultados de las escuelas de titularidad católica no ofrecen resultados mucho más halagüeños, en términos generales. Tal vez, en algunos casos, un mayor grado de formación; puede que algo más de disciplina en las aulas y poco más. 

Se habla mucho en los colegios católicos de "educación integral", que es el eufemismo que se emplea para referirse a que también se atiende a los aspectos espirituales o religiosos de los alumnos y que se note poco. Se hacen referencia en sus proyectos educativos a la "educación en la interioridad o en la transcendencia" para referirse a la educación religiosa, a las actividades pastorales o a las catequesis de primera comunión o de confirmación en aquellos colegios a los que el obispo les permite desarrollar ese tipo de labor.

La "transcendencia" en la que muchos de los colegios católicos españoles quieren educar a sus alumnos consiste en"suscitar vivencias que lleven a la experiencia del Absoluto": pero en muchos casos (en demasiados casos), ni media palabra de Jesucristo. Esa transcendencia puede referirse a Buda, a Krishna, a Shiva, a Yahveh... Como dice un pintoresco personaje de una popular serie de televisión, "algo hay: llámalo dios, llámalo energía, o un principio cósmico; pero algo hay". 

No digo yo que estas ocurrencias posmodernas y tan "new age" sean las que se ofrecen en todos los colegios católicos. No. Hay ocurrencias peores. Y también hay colegios católicos fieles al Evangelio, a la Tradición Apostólica y al Magisterio de la Iglesia: lamentablemente, pocos. Cada vez menos.

Hay colegios confesionales en los que los alumnos van a misa al principio de curso y al final (y gracias). La mayoría de los colegios católicos en poco (o en nada) se diferencian de los institutos públicos o de los colegios laicos. De muchos de nuestros colegios nominalmente católicos es más fácil que surjan militantes de izquierda o de la derecha pagana y relativista que católicos practicantes: mucha multiculturalidad, mucha solidaridad con los más pobres, mucha tolerancia, mucha ONG, mucho respeto a la naturaleza y mucha concienciación medioambiental; mucha preocupación por la justicia social, muchas jornadas de la paz y la no violencia, mucho Gandhi... Y poco o nada de Jesucristo.

Se puede iniciar a los niños en la meditación para que lleguen a la experiencia del absoluto, pero no se puede enseñar a los niños a rezar el rosario, ni se les enseña a adorar al Santísimo, realmente presente en cuerpo, alma y divinidad en la Hostia consagrada. Eso, no. Eso es oscurantismo medieval y fomentar las supersticiones sin fundamento científico. Se puede ofrecer una educación afectivo sexual liberal y progresista, pero no se habla del amor auténtico - que no es sólo sentimiento, sino que integra también a la inteligencia que toma decisiones y a la voluntad que compromete a la fidelidad - con vocación de eternidad (o se habla muy poco), ni se puede enseñar el verdadero sentido cristiano del sacramento del matrimonio, en el que Dios une "hasta que las muerte los separe" a los esposos. Y cuando a algún obispo o a algún cura se le ocurre predicar en un colegio la verdad de la Iglesia, se monta un escándalo de padre y muy señor mío.

Dice el Diccionario de la Real Academia que la "piedad" consiste en la "virtud que inspira, por el amor a Dios, tierna devoción a las cosas santas; y, por el amor al prójimo, actos de amor y compasión". Eso es lo que echo de menos en muchas de las escuelas católica españolas: educación en la piedad. Nuestra misión como centros educativos de la Iglesia es conducir ("educar" significa conducir, guiar) a nuestros niños a Cristo. Nuestro deber es cuidar a los niños, amarlos y guiarlos hacia el Único que puede hacerles realmente felices: Cristo Jesús. Y para ello, hay que procurar que adquieran buenos hábitos (virtudes) que expresen amor a Dios y al prójimo. Tenemos la obligación de ponerlos ante el Señor para que hablen con Él, para que se dejen transformar por Él, para que el único y verdadero Maestro les pueda llevar de la mano hacia una vida plena. Todos los padres queremos lo mejor para nuestros hijos. Y lo mejor que les podemos transmitir es una vida de fe, de oración, de vida sacramental que los encamine hacia una vida santa en Cristo. 

Si educáramos así a nuestros niños, con la ayuda de Dios, podríamos conseguir una sociedad más justa, solidaria, fraterna. ¿Qué mejor vacuna contra la corrupción, contra el adulterio, contra el aborto, contra la pobreza y el paro que formar hombres y mujeres santos? Pero si seguimos educando en la ideología al margen de Dios, seguiremos fracasando. No nos avergoncemos de profesar nuestra fe en Cristo Resucitado. No adulteremos la educación católica ni demos gato por liebre. Nosotros solos no podemos cambiar el mundo por muchas campañas que pongamos en marcha. ¿Están mal las campañas solidarias? No. Están muy bien. Pero no basta. Lo más importante es que Cristo sea el Señor de nuestras vidas. No seamos soberbios: no nos creamos todopoderosos. No somos Dios. Somos muy poca cosa. El único que puede cambiar el corazón del hombre es Cristo. Y en la medida en que nosotros seamos santos, en que seamos de Cristo y dóciles a su voluntad, el mundo será mejor, más justo, más habitable, más fraterno. No por mérito de nuestras obras, sino por mérito de Dios. Seamos humildes servidores de Dios y así serviremos al prójimo y seremos capaces de amar como Él nos ama. La verdadera revolución que cambió definitivamente la historia fue la resurrección del Señor. Él derrotó al pecado, al mal, a la muerte y nos abrió las puertas de la esperanza que no falla. 

Pero para transmitir la esperanza y la fe en Jesucristo, los primeros que tenemos que predicar con nuestra vida y con nuestra palabra somos los maestros y educadores católicos. Nadie da lo que no tiene. Un claustro de un colegio católico debería constituirse como una comunidad de fe al servicio de los niños y de sus familias; una comunidad reunida en torno a Cristo, que reza, adora y celebra en comunión con la Iglesia. Entonces lo de menos será la clase de religión. Todos evangelizaremos, todos anunciaremos al Señor y conduciremos a los alumnos a Cristo. La ciencia, el arte, la historia, la música, la filosofía, las matemáticas... Todo conduce a la Verdad, a la Belleza y al Bien; todo conduce a nuestro Señor Jesucristo, camino, verdad y vida. 

Queremos que de nuestras escuelas católicas salgan personas buenas, bien formadas, virtuosas y comprometidas con los más necesitados y con la justicia social. Necesitamos formar hombres y mujeres piadosos, contemplativos en la acción; hombres y mujeres que recen y trabajen por el Reinado de Dios; personas honorables y honradas que sepan adorar a Dios y servir al bien común; con principios sólidos y carácter bien forjado, que desarrollen al máximo sus cualidades para ponerlas al servicio de los demás.Necesitamos educar hombres y mujeres virtuosos que sean testigos de la Verdad en medio de un mundo desnortado lleno de personas que vagan sin rumbo como zombis en busca de algo que dé sentido a su vida. La felicidad no consiste en disfrutar de más placeres y mayor bienestar. No estamos condenados al sufrimiento, al sinsentido y a la nada: estamos llamados a una vida en plenitud. La felicidad auténtica consiste en amar y en saberse amados; en buscar incansablemente la Verdad. Y nuestra Verdad es la verdad del Amor: nuestra Verdad es Cristo. Dejemos que nuestros niños se acerquen a Él. Y el Señor hará el resto.

Fuente: Catholic.net